domingo, 27 de febrero de 2011

¿Buena suerte? no creo, perseverancia

¿Has pensado alguna vez que las personas que han pasado a la historia ha sido por su BUENA SUERTE o porque lo han tenido fácil en su vida? Más bien todo lo contrario, muchos han tenido que superar adversidades, y la clave de su éxito ha sido su perseverancia y seguir confiando en si mismos y en sus metas.
Fíjate en estos ejemplos:

Después de que Fred Astaire hiciera su primera prueba cinematográfica, en 1933, el informe del director de pruebas de la Metro Goldwyn Mayer dictaminaba: «¡Incapaz de actuar! ¡Ligeramente calvo! ¡Puede bailar un poco!». Astaire conservaba aquel informe sobre la chimenea de su casa en Beverly Hills.

A Sócrates lo acusaron de inmoralidad y de corromper a la juventud.

Cuando Peter J. Daniel estaba en cuarto grado de primaria, su maestra, Mrs. Phillips, le decía continuamente que no servía para nada, que era un fruto podrido y que jamás llegaría a ninguna parte. Peter siguió siendo totalmente analfabeto hasta los veintiséis años. Un amigo se quedaba toda la noche con él, leyéndole un ejemplar de Piensa y hazte rico. Ahora es el propietario de las esquinas donde solía pelear y acaba de publicar su último libro: Mrs. Phillips, you were wrong! (Señora Phillips, se equivocó).

A Louisa May Alcott, la autora de Mujercitas, su familia le aconsejaba que buscara trabajo como sirvienta o como costurera.

Beethoven era muy torpe con el violín y prefería tocar sus propias composiciones en vez de mejorar su técnica. Su maestro le decía que como compositor era un desastre.

Los padres del famoso cantante de ópera Enrico Caruso querían que fuera ingeniero. Su maestro le dijo que no tenía voz y que era incapaz de cantar.

Charles Darwin, el padre de la Teoría de la Evolución, abandonó la carrera de medicina y su padre solía decirle que no se interesaba por nada más que el tiro, los perros y la caza de ratones. En su autobiografía, Darwin escribe que todos sus maestros, lo mismo que su padre, lo consideraban un niño muy limitado, por debajo del estándar de normalidad intelectual.

Un editor de periódicos despidió a Walt Disney por falta de ideas. Además, Disney se vio varias veces en la bancarrota antes de fundar Disneylandia.

Los maestros de Thomas Edison decían que era demasiado estúpido para aprender nada.

Albert Einstein no habló hasta los cuatro años y no aprendió a leer hasta los siete. Su maestro lo describía como «mentalmente lento, asocial, está siempre navegando a la deriva por sus estúpidos sueños». Lo expulsaron del colegio y le negaron el ingreso en la Escuela Politécnica de Zurich.

Durante sus estudios, antes de graduarse, Louis Pasteur apenas fue un alumno mediocre y, de entre un grupo de veintidós alumnos, ocupó el decimoquinto lugar en química.

Los resultados de Isaac Newton en la escuela elemental fueron lamentables.
«Mi hijo es un idiota», decía el padre del escultor Rodin. Considerado el peor alumno de la escuela, Rodin fracasó en tres ocasiones antes de poder ingresar en la escuela de arte. Un tío suyo lo consideraba incapaz de recibir cualquier educación.

León Tolstoi, el autor de Guerra y paz, abandonó la universidad. De él se decía que no sólo no tenía capacidad, sino que no estaba dispuesto a aprender.

Henry Ford fracasó y fue a la quiebra en cinco ocasiones antes de conseguir, finalmente, el éxito.

Winston Churchill no aprobó el sexto grado. No llegó a ser primer ministro de Inglaterra hasta los sesenta y dos años, después de toda una vida de derrotas y reveses. Sus mayores logros los consiguió cuando ya había cumplido los sesenta y cinco años.

Hasta su publicación, en 1970, dieciocho editoriales rechazaron el manuscrito de Juan Salvador Gaviota, un relato de Richard Bach sobre una osada gaviota. En 1975 ya se habían vendido, sólo en los Estados Unidos, más de siete millones de ejemplares.

Richard Hooker trabajó durante siete años en M.A.S.H., una novela sobre la guerra en clave de humor, sólo para conseguir que la rechazaran veintiuna editoriales antes de su publicación. Inmediatamente se convirtió en un best seller que fue llevado al cine y convertido en serie de televisión con un gran éxito.

Jack Canfield y Mark V. Hansen

domingo, 20 de febrero de 2011

Las reglas para ser humano



1. Recibirás un cuerpo :Puede ser que te guste o que lo odies, pero será tuyo durante todo el tiempo que pases aquí.

2. Aprenderás lecciones: Estás anotado a tiempo completo en una escuela informal que se llama vida. Cada día que pases en ella tendrás oportunidad de aprender lecciones. Puede ser que las lecciones te gusten como que te parezca que no vienen al caso o que son estúpidas.

3. No hay errores, sólo lecciones: El crecimiento es un proceso de ensayo y error: la experimentación. Los experimentos fallidos son parte del proceso en igual medida que los que, en última instancia, funcionan.

4. Una lección se repite hasta que está aprendida: Cada lección se te presentará en diversas formas hasta que la hayas aprendido. Cuando eso suceda podrás pasar a la lección siguiente.

5. El aprendizaje no tiene fin: No hay en la vida ninguna parte que no contenga lecciones. Si estás vivo, aún te quedan lecciones que aprender.


6. «Allí» no es mejor que «aquí»: Cuando tu «allí» se ha convertido en un «aquí», simplemente habrás obtenido otro «allí» que te parecerá nuevamente mejor que «aquí».

7. Los demás no son más que espejos que te reflejan: No puedes amar ni odiar nada de otra persona a menos que refleje algo que tú amas u odias en ti mismo.

8. Lo que hagas de tu vida es cosa tuya: Tienes todas las herramientas y recursos que necesitas, lo que hagas con ellos es cosa tuya. La elección es tuya.

9. Tus respuestas están dentro de ti: Las respuestas a las cuestiones de la vida están dentro de ti. Sólo tienes que mirar, escuchar y confiar.

10. Te olvidarás de todo esto

11. Puedes recordarlo siempre que quieras

domingo, 6 de febrero de 2011

¿Tienes fuerza suficiente para enfrentarte a los críticos?



No es la crítica lo que importa; no es el hombre que señala cómo se derrumba el fuerte o dónde las cosas podrían haberse hecho mejor.


El crédito le corresponde al hombre que trabaja, al que lleva el rostro manchado de sangre, sudor y polvo; al que lucha valientemente, al que falla y se ve acorralado una y otra vez, porque no hay esfuerzo sin error ni contratiempo.


Al hombre que sabe lo que es devoción sincera, que se consume al servicio de una causa digna, al que, en el mejor de los casos, conoce finalmente el logro supremo del triunfo y, en el peor, si falla cuando mayor es su osadía, sabe que su lugar nunca estará entre esas almas tímidas y frías que jamás conocen la victoria ni la derrota.


-Theodore Roosevelt-